Lena notó de inmediato la rigidez en la postura de Alán y la fijeza de su mirada sombría. Con pasos medidos para no forzar el tobillo, se acercó a él, le colocó una mano suave sobre el hombro sano y le pidió en voz baja que por favor no fuera grosero con las visitas. Le sugirió con tono dulce que, si se sentía muy cansado o si el dolor volvía a molestarle, ella misma lo acompañaría a la habitación principal para que pudiera recostarse.
Él asintió con el ceño fruncido, aunque no emitió palabra a