El cansancio extremo y la pérdida de sangre cobraron su factura definitiva.
Los párpados de Alán le pesaron más que en cualquier cruda, la voz de su hermano Alfonso se desvaneció en un murmullo lejano y el joven empresario cayó una vez más en un sueño profundo y reparador, libre de las pesadillas.
Luego de tres horas de letargo, el efecto de los sedantes disminuyó. Alán recuperó la conciencia de a poco.
Al abrir los ojos, la claridad de la habitación de hospital le molestó por unos instantes. E