La claridad del amanecer no fue suficiente para iluminar el semblante oscuro de Alán ni la melancolía de Lena.
En cuanto Alán leyó el mensaje de Alfonso, lo llamó.
Lena, sentada en la mesa del comedor, veía todo desde su lugar. Tenía el plato de comida a medio picar.
—Madrugaste. ¿Qué tal Big Bend? —dijo Alfonso a modo de saludo.
—Sigo en la ciudad. Con noticias trágicas.
—¿Trágicas? ¿Te dije lo de la reunión? Creo que solo estarán el señor Lucio y papá. Supongo que los otros dos socios también