Lena salió del juzgado. El sol le pegaba en la cara, pero no sintió calor.
Alán caminaba a su lado. No la tocaba. No le hablaba. Solo quería estar ahí. Acompañarla.
—Déjame llevarte a casa —le pidió él en voz baja.
—No —respondió Lena, con la voz plana—. No quiero dejar mi auto aquí.
—No te preocupes. Enviaré a alguien por él.
Ella quiso negarse. Quiso decir que no necesitaba su ayuda. Pero las palabras se le atascaron en la garganta.
—Está bien —tomó una bocanada de aire.
Subieron al auto de A