La sala de conferencias del FBI en Nueva York no tenía la elegancia de cristal de NeXus. Era un espacio gris, sin ventanas, que apestaba a café rancio y burocracia federal.
Pero los hombres sentados al otro lado de la mesa de metal no eran simples burócratas. Eran tiburones con trajes baratos.
—Repasemos la cronología —dijo el agente especial Miller, golpeando una carpeta gruesa—. El espionaje corporativo es un delito federal, Sr. West. Para que el caso sea sólido, debemos probar un patrón de a