El teléfono vibró sobre la mesa de noche a las siete de la mañana. No necesité mirar la pantalla para saber que mi paz estaba a punto de terminar. Solo una persona tenía la audacia de llamar tan temprano con el único propósito de inyectar veneno.
—¡¿Cómo pudiste hacernos esto?! —El siseo de mi madre, Elena, atravesó el altavoz antes de que pudiera decir una palabra. Ni un "hola", ni un "¿cómo está mi hija embarazada?". Solo odio.
Me incorporé en la cama, tallándome los ojos. Noah se tensó a mi