Después de un tiempo Dayanara salió de la oficina enfadada con Leo y él suspiró llevando sus manos a su rostro con visible irritación.
Yo en cambio, fingía tener los ojos puesto en el ordenador, pero mi atención estaba lejos de las letras.
—Georgina... no pienses mal, lo que Dayanara dijo...— intentó excusarse.
Su voz es áspera con visible cansancio, pero no tenía interés en lo que iba a decir.
—No es mi problema señor Sandro. Yo soy su empleada y la madre de su hijo, no tenemos una relació