No pudimos casarnos al día siguiente como yo quería; tuvimos que esperar dos días.
Las llamadas a su teléfono eran constantes, y muchas veces lo veía enfurecerse por lo que le decían.
—Son una balsa de inútiles— rugió, furioso.
Me sentía culpable. Por mis caprichos, él estaba pasando un mal rato.
—Ven aquí— su voz sonaba áspera, salvaje, como siempre que estaba estresado.
Suspiró contra mi cuello, su aliento cálido provocándome cosquillas.
—Lo siento... De verdad, te he retrasado demasiad