Llegamos a su casa. Ella baja del coche y me pide que espere. Lo hago en contra de mi voluntad, sintiendo la desesperación al mover mi pierna derecha.
Acaricio mi nariz, sin apartar los ojos de su puerta.
Aflojo la corbata y paso la mano por mi cabello.
—Señor, debe calmarse— dice mi chofer, con tono preocupado.
—Quisiera... tú, más que nadie, sabes cuánto me costó acercarme a ella. No estoy dispuesto a recibir un no de su parte... y menos ahora que espera a mi hijo.
—¿Se lo dirá a sus pad