Me siento en mi escritorio, temblando. Liliana me habla, pero no la escucho hasta que insiste.
—Georgina... ¿Qué si estás bien?—
—Sí... estoy bien—
—Te ves alterada y agitada... ¿Acaso le dijiste que estás esperando a su hijo?—
La miro fijamente a los ojos.
—Decirle... no, no le diré nada—
—¿Estás segura? ¿Entiendes la carga que será tener un hijo sola, verdad?—
—Lo sé... pero no quiero ser un tropiezo en su vida—
—Vaya, lo estás considerando a él y a ti ni un poco—
No tenía el valor d