Solté un grito hasta que vi quién era y cómo reía. Mis ojos seguían abiertos de par en par por el susto y me recosté en el asiento, tratando de recuperar el aliento.
—Lo siento, Georgina, no quise asustarte de esa forma— me habló despreocupado.
—Usted es un descarado, director—. Mi tono fue seco, afilado. Él me miró con seriedad, sin perder la compostura.
—¿Por qué me insultas?—arqueó una ceja.
—Espero que este vehículo se dirija a mi casa—. Mi voz seguía siendo cortante.
—Pero... ¿qué suc