Pagaron la habitación como cualquier otra pareja no asidua del lugar y subieron al ascensor, entre sutiles caricias que encendían cada vez más a la pecadora pareja.
—Si aún está indecisa, puede marcharse, señorita Bennett. No la obligaré a quedarse —le informó el hombre, encerrándola entre la pared de metal y sus brazos, contradiciendo las palabras que acababan de salir de su boca.
Aunque era cierto lo que dijo, en el fondo deseaba que ella se quedase, ya que si era sincero con él mismo desde