Las siguientes horas me concentro en mi trabajo de tal forma que cuando una gélida voz me interrumpe lanzo un pequeño gritito.
—Más tarde regreso —se despide mi jefe con tal seriedad que me pone la piel de gallina.
—S-sí, jefe.
—Y ya váyase a comer, no quiero que más tarde me acuse con Marcello o Recursos Humanos por impedirle comer estando embarazada —sisea con la mandíbula apretada.
Estoy por lanzarle mi mejor mirada cargada de veneno o incluso el panecillo que aún guardo, cuando un mensaje l