Los siguientes días, mis padres me llaman todos los días para saber si Alexandros nos trata bien y aunque me pese decirlo, lo cierto es que ese primogénito de Satanás que solía ser en la oficina ha desaparecido. Es como si fuesen dos personas completamente distintas y ahora solo existiese una persona amable y empalagosa, que se la pasa llamándome a cada rato para saber si estamos bien o que por las noches no deja de abrazarme.
—¿Por qué no sales de casa? —me cuestiona un día por la mañana cuand