Tres días. Tres malditos días me tomó convencer a los médicos de que el dolor en mi pierna derecha y la opresión en mi pecho eran soportables. No podía seguir atrapada en esa cama de hospital mientras el nido de víboras que llamaba familia saboreaba una victoria que, aunque no lo supieran, era de humo. Arthur y Cynthia aún no habían intentado ejecutar el contrato falso, por lo que seguían creyendo que me habían dejado en la calle. Por eso, cuando mi padre me citó a su mansión apenas me dieron el alta, supe que venía el golpe de gracia.Cuando entré a la biblioteca, el aire se sintió pesado. No solo estaba Arthur esperándome detrás de su escritorio de caoba, sentados en el sofá de cuero, como una pareja de revista, estaban Cynthia y Julián.—Tenemos un problema que resolver, Valerie —comenzó Arthur, sin siquiera ponerse de pie para recibirme o preguntar cómo seguían mis pulmones. Fuera preámbulos. Fuera decoro.—¿Ah, sí? —Me apoyé ligeramente en el umbral, sintiendo una punzada e
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