Me quedé completamente petrificada, congelada bajo el marco de la luz matutina que inundaba la habitación de Magnus. El peso del pequeño cuerpo de ese niño aferrado a mis piernas, hundiéndose en los pliegues de la bata de seda, detonó una descarga eléctrica que me recorrió la espina dorsal. Su voz infantil, ese grito desesperado llamándome "mamá", perforó mis oídos y destrozó la precaria realidad que apenas intentaba asimilar.El mundo a mi alrededor, sobre todo la imponente figura de Magnus que seguía a escasos centímetros de mí, el aroma a sándalo, el lujo del ático, desapareció por completo en un parpadeo. Los recuerdos me azotaron con la violencia de un tsunami, como si mi propia mente me estuviera jugando una broma de un sadismo indescriptible. La realidad se distorsionó y, en un viaje sin retorno al rincón más oscuro de mi memoria, volví a tener dieciocho años. Volví a estar atrapada en la esterilidad de una habitación de hospital, atrapada en lo que fue, sin lugar a dudas,
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