Mundo ficciónIniciar sesiónTres días.
Tres malditos días me tomó convencer a los médicos de que el dolor en mi pierna derecha y la opresión en mi pecho eran soportables. No podía seguir atrapada en esa cama de hospital mientras el nido de víboras que llamaba familia saboreaba una victoria que, aunque no lo supieran, era de humo. Arthur y Cynthia aún no habían intentado ejecutar el contrato falso, por lo que seguían creyendo que me habían dejado en la calle. Por eso, cuando mi padre me citó a su mansión apenas me dieron el alta, supe que venía el golpe de gracia. Cuando entré a la biblioteca, el aire se sintió pesado. No solo estaba Arthur esperándome detrás de su escritorio de caoba, sentados en el sofá de cuero, como una pareja de revista, estaban Cynthia y Julián. —Tenemos un problema que resolver, Valerie —comenzó Arthur, sin siquiera ponerse de pie para recibirme o preguntar cómo seguían mis pulmones. Fuera preámbulos. Fuera decoro. —¿Ah, sí? —Me apoyé ligeramente en el umbral, sintiendo una punzada en la pierna, pero manteniendo la barbilla en alto—. ¿Qué problema podría tener la nueva y flamante directiva? Arthur entrelazó sus dedos sobre el escritorio, mirándome con esa fría condescendencia que me había dedicado toda la vida. —Creo que es mejor que termines tu compromiso con Julián de manera oficial y dejes que se case con Cynthia. La ira, pura, densa y helada, se revolvió por todo mi cuerpo. No era por Julián. Dios sabía que ya no sentía más que náuseas por el hombre con el que había compartido tres años de mi vida. Lo que me desgarraba por dentro era la humillación sistemática. ¿Hasta dónde demonios iba a llegar mi propia sangre con tal de pisotearme? ¿Cómo un padre podía hacerle algo así a su hija? Por más vueltas que le daba en mi cabeza, no lograba comprenderlo. ¿Había sido tan mala en esta vida como para merecer este nivel de crueldad? —La unión de Julián y Cynthia le traerá más beneficios a la familia Grand —continuó Arthur, como si estuviera vendiendo acciones de segunda mano—. Pórtate bien, Valerie. No hagas un escándalo de esto. Si aceptas de manera pacífica, me aseguraré de que te den una pensión mensual para que tengas todo lo que necesitas para el resto de tu vida. Una carcajada amarga y rota escapó de mi garganta, silenciando la habitación. Di tres pasos al frente, ignorando el dolor físico, descargando toda la furia que llevaba acumulada. —¡Tú me atacaste a mí, tu propia familia, el día que cometí un error! ¡Nunca me has tratado como a tu hija! —estallé, apuntándolo con el dedo, mis ojos ardiendo—. Siempre he sido secundaria para ti, un cero a la izquierda. ¿Y me pides que no haga un escándalo? Pues aquí tienes una noticia, papá: tu princesa mimada, tu bendecido futuro de la familia, se acostó con Julián en nuestra propia fiesta de compromiso. ¡Son un par de ratas de alcantarilla! —No me metas en tus histerias, hermana —protestó Cynthia, enderezándose en el sofá con un fingido aire de superioridad. —¡Te meto porque estás hasta el cuello, Cynthia! —le grité, dándole la cara—. Cuando tenía dieciocho años, difundiste rumores por toda la prensa de que estaba embarazada sin casarme. ¿Hay algo que no harías para apuñalarme por la espalda? ¿Existe un límite para tu maldita envidia? Cynthia se puso de pie de un salto, su rostro transformándose en una máscara de pura rencilla y veneno. —¡No fue mi culpa que te metieras en la cama con un extraño y te quedaras embarazada! —escupió, dando un paso hacia mí con los ojos inyectados en odio—. Y tampoco es mi culpa que nunca te hayas puesto en forma. No culpes a Julián por buscar una mujer de verdad, tu propio prometido sentía asco de ti por gorda. No podía ni mirarte sin ropa. —¡Límpiate la boca antes de hablar de mi hijo! —bramé, ignorando el golpe bajo sobre mi cuerpo. El dolor de perder a ese bebé era una herida abierta que no les permitiría tocar—. ¡Era un inocente y partió de este mundo antes de que yo tuviera la oportunidad de conocerlo o sostenerlo entre mis brazos! Las lágrimas cayeron sin consuelo por mis mejillas, calientes y furiosas, pero mi voz no flaqueó. —Era un bastardo —soltó Cynthia con una sonrisa cruel y despiadada—. ¡Ni siquiera podías recordar quién era su maldito padre! Esas palabras detonaron algo oscuro y salvaje dentro de mí. Los años de sumisión, de aguantar sus burlas y sus desprecios se esfumaron en una milésima de segundo. Antes de poder pensarlo dos veces, acorté la distancia, levanté mi mano derecha y la descargué con todas mis fuerzas directas contra su mejilla. El impacto sonó como un disparo en la biblioteca. La fuerza del golpe hizo que la cabeza de Cynthia se girara por completo y cayó de espaldas sobre el sofá, chillando mientras se cubría el rostro que empezaba a ponerse rojo. Julián se levantó aterrado, cubriéndola, mientras mi padre golpeaba el escritorio gritando mi nombre. No me importó. —¡No eres más que una perra sin sentimientos! —les espeté, barriéndolos a los tres con una mirada cargada de una promesa de muerte—. Escúchenme bien. A partir de hoy, ustedes dejan de ser mi familia. Y les juro por lo más sagrado, por la memoria de mi madre, que haré todo lo que esté en mi poder para destruirlos. Los voy a ver caer uno a uno. Me di la vuelta sin esperar una respuesta, sintiendo la adrenalina correr por mis venas. Caminé firmemente hacia la salida de la biblioteca, abrí la puerta de roble y, antes de cerrarla, miré de reojo a Julián, quien me observaba con los ojos desencajados. —Cynthia puede quedarse con Julián. Al fin y al cabo... se merecen —dije con un desprecio gélido. Y cerré la puerta de un portazo que hizo vibrar los cristales de la mansión. Salí a la calle temblando, con la respiración entrecortada y las lágrimas secándose sobre mi piel. No tenía dónde ir, pero sabía que tenía que recuperar mis pertenencias de valor y mis documentos del departamento de Julián. Aprovecharía que él seguía atrapado en la mansión consolando a su amante para entrar, sacar mis cosas y desaparecer de su mapa para siempre. Caminé las cuadras que me separaban del edificio de apartamentos de lujo en el centro de Chicago. Iba tan sumergida en el remolino de mis propios pensamientos, planeando mi supervivencia y saboreando la humillación que les esperaba cuando descubrieran la firma falsa, que el mundo exterior se volvió borroso. Doblé la esquina del edificio a paso apresurado, con la cabeza gacha, y no me di cuenta de la silueta que avanzaba en dirección contraria. El impacto fue seco. Sentí que chocaba contra una auténtica pared de concreto. El golpe me desestabilizó, obligándome a dar un paso atrás debido a mi pierna débil, pero unos brazos inmensos, firmes y providenciales me sostuvieron de los hombros antes de que tocara el suelo. El hombre era enorme, mucho más fuerte y de hombros asombrosamente más anchos que el promedio. Su presencia emanaba un aura de poder y lujo que helaba la sangre. —Lo siento, yo... —empecé a disculparme, subiendo la mirada, pero las palabras se me atoraron en la garganta en cuanto enfoqué su rostro. Esos ojos. Un par de iris de un gris tormentoso, profundos, afilados e increíblemente magnéticos me devolvieron la mirada. Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. «Esos ojos... los he visto en alguna parte. Sé que los conozco.» Él no me soltó de inmediato. Sus manos grandes y cálidas permanecieron en mis hombros, estabilizándome con una suavidad que contrastaba con su imponente físico. —No, lo siento yo. Venía distraído —dijo con una voz barítono, profunda y aterciopelada que me vibró en el pecho. Sus ojos grises escanearon mis mejillas, deteniéndose en el rastro húmedo de mis lágrimas—. ¿Estás bien? —Sí... problemas de familia —respondí de inmediato, encogiéndome de hombros de manera brusca para quitarle importancia y tratando de recuperar mi compostura. El hombre ladeó ligeramente la cabeza, una chispa de reconocimiento y algo parecido a la posesión cruzando sus facciones maduras y perfectas. —Por lo que veo, estás mucho mejor de lo que esperaba —me dijo, con una media sonrisa enigmática. Fruncí el ceño, completamente confundida por la familiaridad de sus palabras. Di un pequeño paso atrás, zafándome de su agarre, aunque mi cuerpo extrañó de inmediato su calor. —Perdón, pero... ¿nos conocemos? El desconocido soltó un suspiro bajo, divertido, y clavó esos ojos de acero en los míos. —¿No me recuerdas? —preguntó. Negué con la cabeza, mi mente trabajando a mil por hora, tratando de ubicar esa mandíbula marcada y esa mirada imponente en alguna reunión ejecutiva de Chicago, pero no había nada. —No te culpo, Valerie —pronunció mi nombre con una gravedad que me erizó la piel—. Tenías el nivel de oxígeno muy bajo cuando te encontré en esa bodega. El aire se me escapó de los pulmones. Me quedé congelada, mirándolo fijamente mientras él daba un paso hacia mí, bloqueando el viento de la tarde con su cuerpo masivo. —Soy Magnus —dijo, extendiendo una mano grande dotada de un anillo de sello aristocrático—. Yo te rescaté del incendio.






