Mundo de ficçãoIniciar sessão—Cynthia es la mejor opción para ocupar el cargo de CEO en la empresa. Ella, con la ayuda de Julián, harán crecer esa compañía como nadie ha visto jamás.
Las palabras de mi padre flotaron en el aire de la habitación del hospital, cargadas de una superioridad que me revolvió el estómago. Lo miré, inmóvil sobre la camilla, sintiendo cómo la profunda tristeza que me había embargado hacía solo unos minutos empezaba a desaparecer. La autocompasión fue devorada por una oleada de ira ardiente, un fuego interno mucho más limpio y peligroso que el que casi me mata en la bodega. Siempre me subestiman. Siempre lo han hecho. Querían arrebatarme la empresa familiar, borrar el nombre de mi madre de los registros y quedarse con el pastel completo, pero se olvidaban de un pequeño detalle legal: Hardwood Enterprises era mía. Absolutamente mía. Mi padre hablaba con una seguridad ridícula, ignorando convenientemente la historia. Él una vez fue el heredero legítimo de la empresa familiar, el hombre destinado a llevar el apellido a lo más alto. Sin embargo, su incompetencia, su arrogancia y sus malas decisiones financieras casi la llevaron a la quiebra absoluta. Fue mi madre quien se hizo cargo de la empresa cuando parecía perdida. Ella la salvó de la ruina financiera y, con un esfuerzo sobrehumano, la transformó en una de las firmas de moda nacional más grandes y respetadas de Chicago. Y después de que mamá perdió la vida en ese accidente de tráfico tan trágico y repentino, fui yo quien asumió el mando. Fui yo quien pasó noches en vela, tragándose el luto, para asegurarme de que el imperio que ella construyó con sudor y lágrimas no se desmoronara. Están tratando de quitarme lo que es legítimamente mío, pero... nunca les daré lo que quieren. Jamás. Tendrán que luchar con uñas y dientes si pretenden quedarse con mi empresa. Mamá me dejó la compañía a mí porque sabía muy bien que yo podía continuar con su éxito. Haría todo lo que fuera necesario para asegurarme de que Hardwood Enterprises no cayera en las manos equivocadas. No iba a permitir que destruyeran el legado de mi madre para financiar los caprichos de una aparecida. Justo en ese momento, la puerta de la habitación se abrió de golpe. Julián entró, caminando con esa confianza insufrible que solía encantarme y que ahora solo me provocaba desprecio. No me miró a los ojos, su atención se dirigió de inmediato a Cynthia. Se colocó justo detrás de ella, rodeándole la cintura con un brazo y apegándola tiernamente contra su pecho. Una punzada de pura náusea psicológica me golpeó el vientre al verlos. Ese hombre, mi prometido, el mismo que me había susurrado «te amo» al oído todos los días durante los últimos tres años, ahora me miraba con una frialdad. —¿Valerie ya firmó el contrato? —preguntó Julián, sin un solo atisbo de vergüenza en la voz, sin preguntar si mis pulmones seguían funcionando. —Estaba a punto de hacerlo, ¿verdad, hermanita? —respondió Cynthia, dedicándome una mirada cargada de un cinismo asqueroso. Apreté las sábanas del hospital, sintiendo el calor de la rabia subiendo por mi cuello. —¿En serio están tan cómodos aquí? —pregunté, forzando una sonrisa helada—. ¿Quieren que la élite de Chicago se entere de que mi prometido se estaba acostando a mis espaldas con mi media hermana? Porque les aseguro que a los inversionistas de la alta sociedad no les gusta el olor a escándalo doméstico. Cynthia soltó una risita chillona, apoyando la cabeza en el hombro de Julián de una manera tan natural que me abrió los ojos de golpe. —¿Eso es una amenaza, Valerie? Por favor, nadie creería una sola palabra de tu boca con la reputación tan promiscua que tienes desde los dieciocho años. ¡Deja de soñar! La prensa te devoraría viva antes de que pudieras terminar tu primera frase. Observé la escena en silencio por unos segundos, tragándome el insulto. Al verlos así, tan íntimos, tan ridículamente acoplados el uno al otro, una verdad evidente me golpeó: Julián debía haber empezado a traicionarme hacía mucho tiempo. Mucho antes de la fiesta, mucho antes de los preparativos. Tenían la complicidad y la sincronía de una pareja que lleva meses, tal vez años, compartiendo la misma cama y los mismos secretos. Fui una estúpida. Una estúpida ciega que confió en los besos que me daba después de planear cómo hundirme. Las quemaduras de mi pierna derecha dieron un latigazo de dolor, recordándome mi vulnerabilidad actual. Si firmaba ese contrato de transferencia de acciones en este estado, lo perdería todo. Me quedaría sin el legado de mi madre, sin recursos, sin la empresa, y en mi condición actual, una caída así significaría que nunca más podría recuperarme. Me borrarían de la existencia. —¿En serio creen que pueden dirigir la empresa sin mí? —les pregunté, entornando los ojos y fijando la vista en Julián—. Julián, hagamos memoria. ¿Quién fue la que salvó tu parte de la compañía de la bancarrota absoluta el trimestre pasado, antes de que tu padre se enterara de que su querido e inteligente hijo estaba acabando con su legado? Ah, claro... fui yo. Yo alteré los balances y moví los fondos para que no quedaras como un imbécil ante Magnus. El rostro de Julián se tensó, una vena saltando en su sien al recordar su humillación. —Sé perfectamente lo que estoy haciendo, Valerie —replicó él, tratando de mantener la compostura y apretando el agarre sobre Cynthia—. Además, no estás lidiando con una improvisada. Cynthia ganó el quinto lugar en el concurso nacional de administración empresarial el año pasado. Tiene las credenciales. Dejé escapar un bufido despectivo. —Bueno, el quinto lugar no es lo suficientemente bueno para el nivel de Hardwood Enterprises. La compañía necesita a alguien que sepa liderar, alguien como... Me callé de golpe. Las palabras se frenaron en mis labios antes de cometer una estupidez. No, ellos no necesitaban saber que yo había participado en esa misma competencia. No necesitaban saber que, bajo un pseudónimo meticulosamente planeado para evitar que mi padre interfiriera, yo me había llevado el primer lugar de la competencia, dejando en ridículo el patético esfuerzo de Cynthia. Dejé que pensaran que ella era la genio de la familia. Ya se arrepentirían de haberme perdido cuando los números empezaran a sangrar en rojo. —Firma el contrato de una vez, Valerie —ordenó mi padre, interrumpiendo el intercambio con voz cortante—. No tengo tiempo para tus niñerías ni para tus escenas de celos. Firma y acaba con esto. Miré el bolígrafo que Arthur sostenía frente a mí. Miré los rostros de los tres: mi padre ansioso por recuperar el poder que nunca supo usar, mi media hermana saboreando una victoria robada, y mi ex prometido actuando como el perfecto lacayo. Un brillo travieso, frío y calculador comenzó a encenderse en mis ojos. Decidí que era hora de cambiar la estrategia. Si querían jugar a los tiburones corporativos, yo les demostraría que aprendí de la mejor: de mi madre. Iba a ser más astuta que ellos en su propio juego. —De acuerdo —dije, relajando los hombros y adoptando una expresión de total derrota—. Lo haré. No merecen que les ruegue por un puesto, ni por amor, ni por respeto. Quédense con todo. Los ojos de Cynthia chispearon con una codicia mal disimulada. Mi padre, sin perder un segundo, puso el Contrato de Transferencia de Acciones sobre mis piernas cubiertas por la sábana y me entregó el bolígrafo. Paseé la mirada por la densa jerga legal del documento. Cláusulas de renuncia irrevocable, cesión total de derechos de voto, transferencia inmediata de activos. «Juguemos a este juego, par de idiotas», pensé mientras sentía una sonrisa interna y maligna recorrer todo mi ser. «Se van a llevar la sorpresa de sus vidas si de verdad creen que un par de traidores de quinta categoría pueden superar a la hija de la mujer que fundó este imperio.» Con un ademán elegante apoyé el papel sobre la bandeja del hospital, deslicé la punta del bolígrafo por la línea de puntos y estampé mi firma con trazos rápidos y decididos. Mi padre, como un buitre hambriento, me arrebató el contrato de las manos en cuanto terminé el último trazo. Cynthia soltó un suspiro de alivio y me miró con una malicia que ya no se molestaba en esconder. —Como dijo papá, estás haciendo lo mejor para la empresa, Valerie. Ahora descansa, que buena falta te hace —dijo, dándose la vuelta con prepotencia. Los tres salieron de la habitación de la misma forma en que entraron: como una plaga. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo del hospital, celebrando su supuesta victoria en susurros victoriosos. Me quedé sola en el silencio de la sala blanca, mirando mis manos vacías. Una pequeña risa, rasposa por el humo pero cargada de un veneno purísimo, escapó de mis labios. «En sus sueños», pensé, dejando caer la cabeza hacia atrás en la almohada. Los idiotas se habían marchado sin revisar el trazo con lupa. En su prisa por despojarme de todo, no se dieron cuenta de que la firma que acababa de estampar no era mi firma legal de negocios registrada ante la junta y el Estado. Había usado una caligrafía idéntica en apariencia, pero con un sutil cambio en los ganchos y el orden de los trazos, una firma completamente nula y no vinculante ante cualquier tribunal o auditoría. El contrato que Arthur llevaba con tanto orgullo bajo el brazo no era más que un trozo de papel higiénico glorificado. Tenían la falsificación, tenían la ilusión del poder, pero la empresa seguía siendo mía.






