Mundo de ficçãoIniciar sessãoEl nombre quedó flotando en el aire, pesado como el plomo.
Magnus. Lo miré fijamente, sintiendo cómo el frío de la tarde dejaba de importarme. Este hombre de hombros anchos y mirada gélida me había cargado a través del humo cuando todos los demás me daban por muerta. —Magnus… —repetí en un susurro, probando el sonido de su nombre en mis labios—. Me salvaste la vida. —Hice lo que cualquiera habría hecho —respondió con una voz barítono que vibró directamente en mi pecho, aunque la intensidad de sus ojos grises decía todo lo contrario—. Aunque, a juzgar por el estado en el que estás, no estoy seguro de si te saqué de un peligro para meterte en otro. Dejé escapar una risa seca, desprovista de toda alegría. —No tienes idea. Resulta que las llamas de esa bodega eran bastante más amables que las personas que me esperaban afuera. Magnus guardó silencio por un par de segundos, escaneando mi rostro cansado y el rastro de las lágrimas que Cynthia había provocado con su veneno. Su mandíbula se tensó imperceptiblemente, adoptando una postura protectora que me hizo sentir extrañamente segura por primera vez en años. —No tienes buen aspecto, Valerie. Y dudo que entrar a ese edificio en este estado sea lo que necesitas ahora mismo —dijo, desviando la mirada por un segundo hacia la esquina por la que yo pretendía avanzar—. Te vendría bien un trago. Y a mí me vendría bien la seguridad de que la mujer que rescaté del fuego no va a colapsar en la acera. Miré hacia el apartamento de Julián. Entrar allí significaba revolver los restos de una vida que ya no me pertenecía, respirar el mismo aire de los traidores. Miré de nuevo a Magnus. Su presencia masiva y el magnetismo que desprendía eran una distracción demasiado tentadora para la tormenta que llevaba dentro. —Un trago —acepté, enderezando la espalda—. Pero invito yo. Mi familia cree que me dejó en la calle, pero todavía tengo un par de cartas bajo la manga. Una sonrisa de medio lado, sofisticada y peligrosa, apareció en sus labios perfectos. —Ya veremos quién paga, Grand. Sígueme. Terminamos en un bar exclusivo de la zona alta, un lugar de luces tenues, terciopelo oscuro y un silencio sepulcral que garantizaba la absoluta privacidad de sus clientes. Magnus se movía por el espacio con la soltura de un hombre que era dueño de cada lugar que pisaba. Los camareros ni siquiera se atrevieron a pedir una orden, bastó un leve asentimiento de su parte para que dos vasos de cristal pesado con whisky escocés aparecieran en nuestra mesa. Le di un trago largo a mi vaso, sintiendo el ardor del alcohol raspar mi garganta y entibiar mi pecho. El silencio entre nosotros no era incómodo, estaba cargado de una expectativa latente. —¿Y bien? —preguntó Magnus, apoyando los codos en la mesa y entrelazando sus manos, sin apartar sus ojos de acero de los míos—. ¿Qué es lo que hace que una mujer tan hermosa como tú camine llorando por el centro de la ciudad? —No creo que las demás personas estén de acuerdo con tu percepción dice mí. —corregí con amargura, jugueteando con el hielo del vaso—. Mi padre y mi media hermana aprovecharon que todavía tenía hollín en las pestañas para ponerme un contrato de transferencia de acciones frente a la nariz. Querían despojarme del legado de mi madre. —¿Y firmaste? —La voz de Magnus bajó un octavo, tornándose peligrosamente fría. —Firmé —asentí, y por primera vez en la noche, una sonrisa genuina y maligna curvó mis labios—. Pero les di una firma falsa. El documento no es vinculante. Registré una caligrafía alterada hace meses ante notario por si mi padre intentaba una jugada sucia. Están celebrando una victoria de papel. Magnus se quedó mirándome, la sorpresa inicial transformándose rápidamente en una mirada de profunda admiración y un brillo oscuro de puro deseo. Soltó una risa baja, un sonido cavernoso que me erizó la piel. —Brillante —declaró, dando un sorbo a su trago—. Eres un tiburón, Valerie. Tu padre fue un incompetente al pretender que renunciaras, pero veo que tú heredaste la sangre correcta. —El problema no es solo la empresa, Magnus —confesé, sintiendo el peso del alcohol desarmar mis defensas—. Descubrí por las malas que mi prometido, el hombre con el que iba a casarme, llevaba meses acostándose con mi media hermana. Se burlaban de mí, de mis curvas, de mi peso... Y hoy, mi padre me pidió que rompiera el compromiso pacíficamente para que Cynthia, mi media hermana pueda casarse con él. Dicen que ella es "el futuro de la familia". Apreté el vaso con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. Las lágrimas amenazaron con volver, pero la rabia las contuvo. —Me dejaron morir en ese incendio porque mi prometido dijo que yo "pesaba demasiado" para cargarme. Prefirió salvarla a ella. Y mi padre lo justificó. Cynthia me llamó gorda, se burló del hijo que perdí a los dieciocho años... No pude terminar la frase. El dolor de recordar a mi bebé, el aborto causado por el estrés y la persecución de mi propia familia, me cerró la garganta. Esperaba ver lástima en los ojos de Magnus, la clásica mirada condescendiente que todos me daban, pero no fue así. Magnus estiró su mano inmensa a través de la mesa y cubrió la mía. Su agarre era firme, caliente, posesivo. —Son unos idiotas, Valerie —dijo con una gravedad absoluta, sus ojos grises fijos en los míos como dos puñales—. Un hombre de verdad sabría que tus curvas son un templo, no un defecto. Y pagarían con sangre por cada palabra que escupieron sobre ti y sobre tu pasado. Si ellos no saben ver la reina que tienen enfrente, merecen que los destruyas. Y yo voy a estar muy feliz de ver cómo los haces arder. La forma en que me miró, con una mezcla de respeto intelectual y un hambre física devoradora, destruyó el último gramo de cordura que me quedaba. Nadie me había mirado así jamás. Julián siempre me había hecho sentir como un deber, como un accesorio corporativo que debía tolerar. Magnus me miraba como si fuera su presa más codiciada. La química entre nosotros, que ya era una mecha encendida desde el momento del impacto en la calle, estalló. No hicieron falta más palabras, me había ganado por completo. Pagó la cuenta de un manotazo y me guio hacia la salida. El trayecto hacia su ático fue un borrón de respiraciones agitadas y miradas cargadas en la parte trasera de su auto privado. En cuanto la puerta del ascensor se abrió directamente en su residencia de lujo, la contención desapareció. Magnus me acorraló contra la pared del pasillo, su cuerpo masivo aplastando el mío con una urgencia salvaje. Sus manos grandes se enterraron en mi cabello, obligándome a mirarlo antes de estampar sus labios contra los míos en un beso devorador, cargado de un deseo prohibido y oscuro. Gemí contra su boca, envolviendo su cuello con mis brazos, aferrándome a su fuerza como si fuera mi único ancla en el mundo. Me cargó sin el más mínimo esfuerzo, desmintiendo con cada uno de sus músculos firmes la maldita frase de Julián. Para Magnus, mi cuerpo no era un lastre, era un botín. Me depositó sobre las sábanas de seda negra de su enorme cama, despojándose de su saco y su corbata con movimientos fluidos y decididos. —Hoy te voy a demostrar lo que hace con tus curvas un hombre de verdad. Esa noche, el dolor de la traición se transformó en pura pasión. Cada caricia de sus manos ásperas sobre mis caderas, cada beso que recorrió mi piel y cada embestida de su cuerpo imponente se sintieron como una purificación. Me entregué a él por completo, perdiéndome en la intensidad de un hombre maduro que sabía exactamente cómo adorar cada rincón de mi anatomía, haciéndome olvidar el mundo exterior. ___ La luz de la mañana se filtró suavemente a través de los enormes ventanales del ático, despertándome con una calidez perezosa. Me estiré entre las sábanas de seda, sintiendo el cuerpo extrañamente relajado a pesar del dolor residual en mi pierna. Al girarme, noté que el lado de la cama de Magnus estaba vacío, aunque su aroma a madera y tabaco caro seguía impregnado en la almohada. Me senté, cubriéndome con la sábana, y miré a mi alrededor. El dormitorio era un monumento al minimalismo lujoso. Decidida a buscar mi ropa, me levanté con cuidado y caminé hacia la elegante cómoda de diseño que se encontraba cerca de la puerta. Sobre la superficie de madera oscura, junto a un reloj de alta gama y unas llaves, había un portarretratos de plata que llamó mi atención. Me acerqué por pura curiosidad, estirando la mano para ver la fotografía. En cuanto mis ojos enfocaron la imagen, sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies y el aire se congelaba en mis pulmones. En la foto, un Magnus un poco más joven sonreía con sobriedad a la cámara, vistiendo un traje de gala. Y a su lado, con el brazo pasado sobre sus hombros con una mezcla de pánico y sumisión reverencial, estaba Julián. El pie de la foto, grabado en una pequeña placa de plata, le dio la estocada final a mi corazón: *Padre e hijo.*. La verdad me golpeó con la fuerza de un rayo, haciéndome retroceder hasta que mi espalda chocó contra la pared. Magnus, el hombre con el que acababa de compartir la noche más salvaje de mi vida, el hombre que me había rescatado de las llamas y prometido ayudarme a destruir a mis enemigos... era el padre de Julián. Era mi ex suegro.






