La mansión estaba sumida en un silencio sepulcral, ese tipo de quietud pesada que solo se interrumpe por el crujido de la madera antigua y el peso asfixiante de todo lo que no nos atrevemos a decir. Isabella seguía en la unidad de neonatología, luchando su propia batalla de crecimiento, y esa cuna vacía en el rincón de mi habitación, con sus sábanas inmaculadas, parecía un recordatorio constante de que mi felicidad siempre venía con una nota al pie de página, una cláusula de dolor que me record