Cerré la puerta de mi consultorio con un golpe seco, buscando un poco de aire en medio de la asfixia que me producía la noticia. Tras mi encuentro devastador con Zoe, mi mente era un campo de batalla en ruinas. Necesitaba quemar la rabia, o al menos ahogarla en un olvido temporal. Por una ironía del destino, o quizás por un deseo masoquista de ser juzgado por la única persona que realmente disfrutaba viéndome sufrir, terminé en un bar oscuro y decadente cerca del centro con el cuñado menos prob