Despertar con Zoe entre mis brazos era, a la vez, mi mayor bendición y mi tortura más refinada. La luz del amanecer se filtraba tímidamente por las cortinas, bañando la habitación con un tono dorado que iluminaba su rostro sereno, ajeno a los monstruos que nos rodeaban. Durante la noche, ella se había refugiado en mi pecho, buscando ese calor desesperado que solo nosotros podíamos darnos después de la tormenta de lágrimas y confesiones.
Intenté moverme con una cautela casi quirúrgica para no de