Había pasado una semana desde que mi médula empezó a trabajar en el cuerpo de Leo. El niño estaba respondiendo de maravilla; sus niveles de plaquetas subían y el color regresaba a sus mejillas, esas mismas facciones que ahora, con una claridad dolorosa, reconocía como un reflejo exacto de las mías.
Pero mientras Leo sanaba, todo lo demás a mi alrededor se pudría.
Zoe se había convertido en un fantasma. Cumplía con sus clases en la universidad, asistía a sus rondas con una eficiencia robótica y