El coche de Noah era apenas un punto que se desvanecía en el horizonte, llevándose consigo la única oportunidad que tenía de reparar este desastre. La luz del sol de la mañana, que debería haber sido cálida y esperanzadora, me quemaba la piel como si me estuviera exponiendo a un juicio público. Mis rodillas seguían apoyadas en el suelo frío de la entrada principal, y por primera vez en mi vida, no tenía una respuesta, ni un diagnóstico, ni una estrategia quirúrgica para detener la hemorragia de