La frialdad del pasillo se filtró por mis poros como una sentencia definitiva. El sonido de los pasos de Marcos alejándose hacia el área de urgencias fue lo único que rompió el silencio atronador que siguió a su confesión. Se fue sin mirar atrás, dejándome allí, solo, con el labio partido de mi mejor amigo en mi memoria y mi propia alma hecha jirones.
Tenía razón. Esa era la parte más aterradora: cada palabra que había escupido contra mí era un bisturí que diseccionaba mis intenciones más oscur