Santi permaneció inmóvil, con el sobre aún extendido hacia mí como si fuera una sentencia de muerte que él mismo no quería ejecutar. El silencio en el box de urgencias era absoluto, un vacío en el que el sonido de mi propia respiración —entrecortada, inútil, aterradora— se amplificaba hasta volverse ensordecedor.
—Ian, lo siento tanto... —la voz de Santi era apenas un susurro, pero en su tono se filtraba toda la impotencia de quien sabe que, por mucho que avancemos en la medicina, a veces la vi