El silencio en la pequeña sala de juntas, una estancia que siempre me había parecido aséptica y profesional, se volvió denso, casi irrespirable, cargado con el peso de nuestra desesperación. Marcos seguía sosteniendo el informe, su rostro era una máscara de dolor profesional, pero yo sabía que, detrás de esa fachada, él estaba tan conmocionado como nosotros.
Zoe seguía sentada, encogida en la silla, con las manos protectivamente sobre su vientre. Era una imagen que me partía el alma: nuestra hi