El sonido de las máquinas en el Quirófano 4, que normalmente me resultaba un arrullo relajante y familiar en mi rutina diaria, se había convertido de golpe en una cuenta atrás definitiva para la muerte. El pitido del monitor cardíaco se aceleraba de forma alarmante mientras el paciente, un hombre joven con múltiples heridas de bala de alta gravedad, empezaba a desangrarse a una velocidad aterradora sobre la mesa de operaciones.
Frente a nosotros, un hombre joven, con la mirada extraviada, los o