Había una ironía verdaderamente cruel en el destino, o quizá solo se trataba del retorcido y macabro sentido del humor de Ian Blackwood. Justo a la mañana siguiente de su fastuosa y exclusiva cena de compromiso con la alta sociedad, el implacable tablero de turnos del Hospital Metropolitano me había arrojado directamente a los leones: mi extenuante guardia de hoy estaba bajo la supervisión y el escrutinio directo de Leticia Ashford, quien se paseaba por el piso utilizando la influencia de su fu