Lenna salió de la habitación en puntillas hacia la cocina para preparar el desayuno cuando el timbre sonó.
Frunció el ceño. Eran las siete de la mañana. ¿Quién podía ser a esa hora? Fue hacia la puerta con pasos lentos y abrió.
Su sangre se congeló.
Era Anika.
Llenaba un vestido de seda, gafas de sol enormes, el cabello perfecto. Y en el cuello, ese collar. Su collar. La piedra azul brillando como una burla.
—¿Y tú qué quieres? —preguntó Lenna, con la voz fría, sin moverse para dejarla pasar.
A