El avión aterrizó en el país con el sol de la tarde filtrándose por las ventanillas. Lenna miró por la ventana las nubes que se deshacían, las montañas que aparecían, las calles que la esperaban. No era la misma mujer que se había ido tres días atrás. Esa mujer llevaba un vestido vino y una sonrisa frágil. Esta mujer llevaba un traje impecable, el cabello perfecto, y en los ojos una seguridad que había estado enterrada dos años.
—¿Lista? —preguntó Max, a su lado.
—Más que lista —respondió ella.