La habitación de invitados estaba en penumbras. Solo la luz de la luna se filtraba por los ventanales, dibujando sombras plateadas en las paredes. Lenna cerró la puerta con cuidado, apoyó la frente contra la madera y respiró hondo. Una vez. Dos veces. Tres.
El encuentro en la cocina le había revuelto algo por dentro. No era dolor. No era rabia. Era otra cosa. Era verlo darle comida a Anika con esa paciencia que ella nunca recibió. Era escuchar su voz preguntando cómo había pagado los regalos. E