Tres semanas habían pasado desde aquella tarde en el café. Tres semanas de palabras sinceras, de abrazos reparadores, de noches en las que Juan Diego y Lenna volvieron a dormir abrazados, con Diego entre ellos, con el futuro abriéndose paso como un jardín después de la tormenta. La casa de los padres de Lenna se había llenado de risas, de planes, de una felicidad que parecía no tener fin.
La boda ya estaba en marcha. No iba a ser una ceremonia pequeña, íntima, solo para los más cercanos. Iba a