—Aléjate —dijo Lenna, con la voz firme aunque las piernas le temblaban—. Ya tuve una noche muy agitada.
La frase cayó entre ellos como un balde de agua fría. Pero no enfrió a Thomas. Al contrario. Sus ojos se oscurecieron. La mandíbula se le tensó. Los puños se le cerraron a los costados.
—Ah, ¿sí? —dijo, con una voz que ella no le conocía, cargada de algo oscuro que le heló la sangre—. ¿Te gustó lo que te hicieron anoche?
Lenna iba a responder pero él no la dejó. Dio un paso al frente y ella r