La ducha había borrado las marcas de la noche. El agua caliente había lavado los rastros de lágrimas, de rabia, de ese amor que no sabía si quería sentir. Lenna salió del baño envuelta en una bata blanca, con el cabello aún húmedo cayendo sobre sus hombros, la piel rosada por el vapor. No miró a Thomas. No hizo falta. Él seguía en la cama, con la mirada perdida en el techo, con las manos vacías sobre las sábanas revueltas.
—Voy a preparar la cena —dijo ella, sin girarse.
—Lenna...
—Baja cuando