—Director Pizarro, ¿le pasa seguido que se le acalambren las piernas? Ya llamamos a una ambulancia. ¡Por favor, mantenga la calma! —los empleados de la cafetería trataban de calmarlo.
Mariana apartó a la multitud y avanzó con paso firme. Todos la miraban con los ojos muy abiertos y refunfuñaban: —Oye, ¿por qué te metes?
—¡Exacto! ¿Acaso puedes curarlo?
—¡Si sólo vienes a burlarte, al menos ten algo de respeto!
—Mira cómo va vestida... ¿Qué diablos es esto? ¿Quién en su sano juicio se viste así?