Capítulo Veintitrés
COLINA
—¡Color, perras! —me río, colocando las cartas sobre la mesa—. Léelas y llora.
Tony gime, su enorme cuerpo encajado en la silla del comedor donde estamos jugando al póker.
Parece un gorila, pero versión humana. Aunque en realidad es muy dulce.
Un exsoldado de las SAS que no pudo volver a adaptarse a la vida civil. He aprendido que muchos de los chicos de seguridad que contratan son así.
Todos hombres sin un lugar al que pertenecer, sin hogar al que llamar suyo. Mis ch