Capítulo 3
Pasé toda la noche inconsciente en la capilla familiar. Cuando desperté, ya estaba en mis aposentos.

Bruno había llamado al médico imperial, pero no había venido a verme. Carmina me dijo que había pasado la noche entera junto a Isabel. El susto había puesto en riesgo su embarazo.

En mi informe médico de aquella mañana, en cambio, solo figuraba un diagnóstico: exceso de preocupación.

El médico no se atrevió a mirarme a los ojos cuando dejó el remedio para detener las hemorragias.

Lo comprendí. En aquel palacio, nadie se atrevía a decirle a Bruno que mi cuerpo ya no resistía más.

Por la tarde, Julián irrumpió en mi patio con sus dos hermanos. Llevaba un látigo de montar y, de un latigazo, tiró el cuenco de medicina que estaba sobre la mesa.

—¡Eres mala! ¿Por qué le haces daño a mi mamá?

El líquido hirviendo me salpicó el dorso de la mano y la retiré por el dolor. Pero Julián siguió señalándome y gritándome:

—¡Mamá se pasó la noche llorando y papá tampoco durmió por tu culpa! ¡Como tú no puedes tener hijos, no soportas que ella sea feliz!

Lo miré. Apenas sabía caminar cuando pronunció su primera palabra: mi nombre. Cuando estaba enfermo y se negaba a tomar la medicina, yo había recorrido a caballo media capital para conseguirle albaricoques dulces.

Ahora me miraba como si fuera su enemiga.

—Julián —pregunté en voz baja—, si un día dejaras de verme, ¿te alegrarías?

No tuvo que pensarlo.

—¡Claro que sí! ¡Si te vas, papá será solo de mamá!

Asentí.

—Está bien.

Esa noche se celebraba el cumpleaños de Isabel. Bruno envió a alguien para avisarme que debía asistir sin falta.

Me puse un vestido limpio y disimulé mi palidez con un poco de rubor.

Durante el banquete, Bruno le obsequió a Isabel un juego de adornos de oro puro para el cabello. Era el regalo que me había prometido al regresar victorioso de la guerra. Probablemente ya lo había olvidado.

Ella acarició una de las horquillas de oro.

—Es tan bueno conmigo, Alteza. Me preocupa que a Rebeca le duela verlo.

Bruno me miró. Yo estaba sentada en un rincón.

—¿Y por qué habría de dolerle? ¿Qué le ha faltado a mi lado todos estos años?

Era cierto. Joyas, vestidos lujosos, caballos de raza: nunca me había faltado nada. Me había dado todo lo que podía comprarse con dinero y había reservado su amor para Isabel.

Juana se acercó con una taza de té.

—Señora, lo ocurrido anoche asustó mucho a la princesa consorte. Ofrézcale esta taza de té para hacer las paces con ella.

Tomé la taza y me acerqué a Isabel, pero las manos me temblaban demasiado.

Cuando le tendí la taza, Isabel se apartó de golpe. El té caliente le salpicó la muñeca y ella soltó un grito de dolor.

Bruno la atrajo de inmediato a sus brazos.

—¡Llamen al médico imperial!

Bajó la cabeza para revisar la quemadura. Apenas tenía una pequeña zona enrojecida. Cuando volvió a mirarme, toda la ternura había desaparecido de sus ojos.

—¿Ni siquiera puedes sostener una taza?

Bajé la mirada hacia mis manos, que no dejaban de temblar.

—Fue culpa mía. Le pido perdón a Isabel.

Bruno se quedó desconcertado un instante. Antes, yo no habría tolerado la menor injusticia. Habría volcado la mesa del banquete antes de ceder tan fácilmente.

Pero parecía creer que yo fingía sumisión para salirme con la mía.

—Si reconoces tu error, ve a arrodillarte dos horas en la capilla familiar.

Isabel lo sujetó de la manga.

—Está nevando y ella está tan débil…

—Precisamente porque la he consentido demasiado, cada día cree que puede hacer lo que le dé la gana.

Bruno me miró y suavizó un poco el tono.

—Ve a calmarte. Dentro de dos horas iré a buscarte yo mismo.

Al llegar a la puerta, me volví a mirarlo.

—Alteza, quiero volver a vivir con mi familia.

Su expresión se endureció al instante.

—Llevas siete años casada conmigo. Este palacio es tu casa. Deja de decir cosas por despecho.

Lo miré y dije con voz cansada:

—Pero aquí nunca ha habido un lugar para mí.

Guardó silencio unos instantes y dejó escapar una risa de incredulidad, como si hubiera logrado sacarlo de quicio.

—Eres mi consorte. No irás a ninguna parte sin mi permiso.

No volví a hablar.

Cuando salí de la estancia, afuera rugía una tormenta de nieve. La puerta se cerró despacio a mis espaldas. A través de la ventana de marco tallado vi a Bruno inclinarse para soplar con cuidado sobre la muñeca enrojecida de Isabel.

Me quité el colmillo de lobo que llevaba al cuello y lo arrojé al brasero de la galería. Las llamas consumieron el cordón rojo que lo sujetaba.

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