Capítulo 4
El brasero de la capilla familiar se había apagado en algún momento. El viento helado se colaba por las rendijas de la ventana y hacía vacilar la llama de las velas.

Tenía las rodillas apoyadas en el cojín y poco a poco dejé de sentirlas.

En mi aturdimiento, volví a ver a Bruno tal como era a los dieciséis años. Todavía no era el príncipe heredero célebre por sus victorias.

Me había ayudado a saltar el muro del palacio para ir al teatro. Cuando el emperador nos descubrió, él se echó toda la culpa.

Le dieron tantos golpes que rompieron dos varas. Aun así, tendido boca abajo en el diván, me sonreía.

—No llores. Mientras yo esté aquí, nadie podrá castigarte.

Después, nadie volvió a castigarme… salvo él. Quien había prometido protegerme terminó haciéndome más daño que cualquier latigazo.

Saqué dos hojas de la manga. Una era una copia del decreto que había ordenado nuestro matrimonio. La otra, una carta de separación que había redactado yo misma.

Bruno no me dejaría ir. Por eso había firmado su nombre por él.

Acerqué las hojas a la llama de una vela y dejé que el fuego consumiera parte de su nombre. Luego apagué las llamas y guardé los restos en la manga.

Las dos horas habían pasado hacía rato y él no había venido. No me sorprendió.

Carmina entró corriendo en la capilla, en medio de la nevada, y me envolvió con una capa.

—Señora, al hijo mayor del príncipe le subió la fiebre de pronto. Su Alteza y la princesa consorte están con él. Juana dice que debe seguir de rodillas hasta que al niño se le pase la fiebre.

Asentí. A Julián no le pasaría nada. Tenía médicos, remedios y a su padre a su lado. Era más afortunado que yo.

Me apoyé en el altar para levantarme. Carmina se apresuró a sostenerme.

—Señora, le ordenaron que siguiera de rodillas.

—No voy a salir del palacio. Solo quiero ver a Nevado.

Nevado era el caballo que había llevado conmigo al casarme. Me había acompañado durante más de diez años. Ahora estaba tan viejo que ya no podía correr y vivía en los establos de la parte trasera.

Carmina quiso ir a buscar ayuda, pero la detuve.

—No devuelvas los regalos. Cuando amanezca, lleva el cofre a casa de mi familia y quédate allí.

Las lágrimas le brotaron de golpe.

—No me iré. Su Alteza todavía la quiere. Cuando se le pase el enojo, todo volverá a estar bien.

Sonreí un poco. Antes yo también lo había creído.

Yo me repetía que él favorecía a Isabel porque ella era serena y sensata. Que no insistía en que tuviéramos hijos porque sabía cuánto me asustaba el dolor del parto. Que pasar una noche de cada dos en mi habitación al menos demostraba que yo era especial para él.

Cuando una se engaña durante tanto tiempo, hasta la medicina amarga empieza a saberle dulce. Pero una mentira nunca deja de ser mentira.

Salí a la tormenta. El camino de la capilla a los establos no tomaba más de quince minutos, pero a mí me llevó una eternidad.

Al oír mis pasos, Nevado levantó la cabeza con esfuerzo y me rozó el hombro con el hocico.

Me apoyé en él y acaricié sus crines, que ya habían perdido el brillo.

—Amigo, ¿tú también quieres volver a la frontera?

Allá no había muros altos ni reglas. Podía cabalgar durante todo el día. Bruno me acompañaba, regañándome por arriesgar la vida mientras apartaba las ramas que se cruzaban en mi camino.

En aquel entonces, solo tenía ojos para mí.

Quizá debía conformarme con que alguien me hubiera elegido por encima de todos, aunque solo hubiera sido una vez en la vida.

Un dolor violento me atravesó el pecho. La sangre que tosí cayó sobre la nieve y enseguida quedó cubierta por otra capa blanca.

Sentí el cuerpo cada vez más ligero. Abracé el cuello de Nevado y cerré los ojos despacio.

***

En el salón principal, a Julián ya le había bajado la fiebre. Bruno, sentado junto al diván, por fin había relajado un poco el ceño.

Isabel le sirvió una copa de vino.

—Hoy es mi cumpleaños, Alteza. Deje de preocuparse por Rebeca. Siempre se le pasa pronto. Dentro de un rato volverá sola.

Bruno tomó la copa, pero no bebió. Sin pensarlo, se llevó la mano a la cintura, donde solía llevar un colmillo de lobo.

Después de regalarle el suyo a Rebeca, cuando él tenía dieciséis años, había mandado hacer otro igual para sí mismo. Nunca se había separado de él en todos esos años.

Sin embargo, poco antes el colmillo se había partido en dos, sin motivo aparente.

Bruno miró la fractura y sintió una opresión inexplicable en el pecho.

—¿Cuánto tiempo lleva de rodillas?

—Casi cuatro horas —respondió Juana.

Él levantó la mirada de golpe.

—Dije dos horas. ¿Por qué nadie la trajo de vuelta?

Juana se arrodilló enseguida.

—Como Su Alteza estaba tan preocupado, pensé que…

—No te correspondía decidir.

Bruno soltó la copa, se levantó y tomó su capa. Al llegar a la puerta volvió a detenerse.

—Digan en la cocina que preparen una infusión de jengibre. Pónganle bastante azúcar. No le gusta lo amargo.

La sonrisa de Isabel se desdibujó un instante. Pero él ya tenía la mirada puesta en la tormenta.

—Mejor iré a buscarla yo mismo.

Apenas terminó de hablar, un guardia irrumpió a trompicones en el salón. Estaba cubierto de nieve y pálido como un muerto.

Bruno frunció el ceño.

—¿A qué viene tanto alboroto?

El guardia cayó de rodillas.

—Alteza… Encontramos a su consorte secundaria en los establos.

Bruno apretó la capa entre los dedos.

—Entonces tráiganla de vuelta.

El guardia se inclinó hasta apoyar la frente en el suelo. Le temblaba tanto la voz que apenas podía hablar.

—La señora… ha muerto.

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