Capítulo 2
A la noche siguiente, Juana Garza, la doncella de Isabel, me entregó un permiso de salida que, según ella, ya estaba autorizado.

—Señora, el carruaje la espera en la puerta lateral del oeste. La princesa consorte dice que Su Alteza irá a buscarla cuando se le pase el enojo.

No llevé equipaje. Solo una horquilla de plata que me había dejado mi madre y el colmillo de lobo agrietado.

No pude respirar aliviada hasta que dejamos atrás la residencia del príncipe. Aparté la cortina del carruaje y vi alejarse las puertas.

Siete años atrás me habían llevado allí entre lágrimas. Siete años después, por fin podía marcharme por mi cuenta.

Pero el carruaje no tomó el camino hacia la residencia de los Villegas. Giró al final de la avenida y se internó en un callejón abandonado.

Se me encogió el corazón.

—¡Deténgase!

El cochero no respondió. Un instante después, alguien abrió de un tirón la puerta desde afuera.

Un hombre que apestaba a alcohol se metió en el carruaje y empezó a tironear de mi ropa.

—No te hagas la difícil, preciosa. ¿No me pagaste para que viniera a complacerte?

Me saqué la horquilla y se la clavé con fuerza en el dorso de la mano. El hombre gritó y me dio una bofetada que me hizo caer de espaldas.

Me golpeé la espalda contra la pared del carruaje. Sentí como si me desgarraran por dentro y tosí sangre.

De pronto, la entrada del callejón se iluminó con antorchas. El ruido de los cascos se acercó y alguien volvió a abrir la puerta.

Bruno estaba afuera, con parte del rostro en la penumbra. La frialdad de sus ojos daba miedo.

Me vio con la ropa revuelta y luego reparó en el colgante de jade que llevaba aquel hombre.

Era el que me había regalado cuando yo tenía diecisiete años.

Se aferró con fuerza a la puerta.

—Recibí una carta secreta que decía que te habías fugado con un antiguo amante. Al principio no creí una sola palabra. ¿Qué significa esto?

Yo tampoco entendía cómo había llegado aquel colgante a manos de ese hombre. Lo había guardado en el fondo del joyero.

El hombre cayó de rodillas.

—¡Perdóneme la vida, Alteza! ¡Ella me citó para que nos fugáramos! ¡Dijo que usted solo tenía ojos para la princesa consorte y que ella ya estaba harta!

Bruno lo sacó del carruaje de una patada. Los guardias lo sujetaron, pero él no volvió a mirarlo. Solo tenía los ojos puestos en mí.

—Si querías volver con tu familia, podías decírmelo. ¿Cuándo te lo he impedido?

Aguanté el dolor que me desgarraba el pecho.

—Eso era lo que quería: volver con mi familia.

La rabia le endureció la mirada.

—¿Y por eso buscaste a otro hombre y te fugaste con el colgante que yo te regalé? ¿Te he consentido demasiado?

Isabel llegó entonces a toda prisa. Solo llevaba una capa delgada y, al ver la escena, se puso pálida.

—Rebeca, yo solo pedí que te llevaran a casa de nuestra familia. ¿Cómo pudiste…?

No terminó la frase. Ya tenía los ojos llenos de lágrimas.

Juana también se arrodilló.

—Alteza, vi con mis propios ojos cómo su consorte le entregaba el colgante a ese hombre. Le dijo que, en cuanto salieran de la capital, se quedaría con él para siempre.

Miré a Isabel.

—Tú organizaste lo del carruaje.

Ella se tambaleó y rompió a llorar.

—Si me guardas rencor porque estoy embarazada, desquítate conmigo. ¡Pero no me acuses de algo así!

Bruno la sostuvo. Cuando volvió a mirarme, solo quedaba furia contenida en sus ojos.

—Basta. Por ayudarte a volver a casa, Isabel se arriesgó a que la acusaran de dejarte salir sin permiso. ¿Y todavía intentas culparla?

Dejé de explicarme.

Él mismo me sacó del carruaje en brazos. Sus movimientos seguían siendo delicados, pero me susurró con voz helada:

—Puedo tolerar tus caprichos. Pero esto no.

Al regresar al palacio, me llevó a la capilla familiar y ordenó que me dieran treinta azotes. Cuando empezaron a caer los golpes, no pedí clemencia.

Al duodécimo azote, la sangre ya me había empapado el vestido. Bruno sujetó de golpe la muñeca del hombre que me castigaba.

—Basta.

Se acercó y se agachó frente a mí.

—Admite que te equivocaste y te llevaré de vuelta a tus aposentos.

Levanté la mirada.

—Diré lo que usted quiera oír, Alteza.

Su expresión se endureció poco a poco.

—Sigues sin querer reconocer tu error.

Sonreí. ¿En qué me había equivocado? ¿En confiar en Isabel o en creer que él, al menos por una vez, escucharía mi explicación?

Bruno se levantó y me dejó en la capilla. Al llegar a la puerta se detuvo, sin darse la vuelta.

—Después de tantos años consintiéndote, ¿así te burlas de mí?

La puerta se cerró frente a mí. Ya no pude sostenerme. Me desplomé en el suelo y tosí una gran cantidad de sangre oscura.

Así que, para él, mis siete años de amor tampoco habían sido más que una burla.

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