Cuando Bruno llegó a los establos, Rebeca seguía apoyada en Nevado. Una fina capa de nieve la cubría. Tenía el rostro sereno, como si se hubiera cansado de correr y solo descansara un rato junto al caballo.
—Rebeca.
Se acercó y le tocó la cara, pero retiró la mano de golpe al sentir su piel helada. Un momento después se inclinó y la tomó en brazos.
—Llamen al médico imperial.
El guardia seguía de rodillas en la nieve, sin atreverse a levantar la cabeza.
—Alteza, el médico ya la examinó. La señor