El mexicano, el hombre del otro lado de la línea soltó una risa breve, seca. Colgó sus dedos del chaleco antibalas que se quitaba y devolvió a su reptil a su jaula.
—¿Y qué te hace pensar que tengo avión privado o que soy un coyote de lujo?
—No me importa cómo lo hagas— gruñó Mateo, avanzando entre las sombras de un callejón, evitando las luces de la avenida—. Pero si aceptas, pago el precio que digas. Eres una de las opciones, no la única.
El silencio se prolongó en la línea, solo se escuch