Raphael volvió a centrar su atención en la enorme criatura que descansaba sobre sus hombros desnudos. Levantó la mano y acarició suavemente con el pulgar la parte superior de la cabeza romboidal de la serpiente.
—Saluda a Medusa —murmuró.
Su voz se suavizó de una manera que me erizó la piel. Era un tono dulce, de esos que se usarían para hablarle a un cachorro, pero él se lo dedicaba a una asesina de seis metros.
—Ha estado esperando a que despertaras. ¿Verdad, preciosa?
La pitón, Medusa, sa