Capítulo 7
Gianna

━⊰ ❦ ⊱━

—Nos mudaremos con Salvatore —anunció mamá. Lo dijo mientras servía jugo, como si estuviera hablando de algo tan trivial como el clima.

Me quedé inmóvil, con el tenedor a medio camino hacia mi boca. Al principio no dije nada, solo la miré mientras el calor ascendía por mi rostro hasta que sentí la piel tensa.

—No, no lo haremos —espeté.

Mamá soltó un suspiro largo y cansado. Extendió una mano para colocarle a Jules un mechón detrás de la oreja y cerró los ojos durante un instante.

—Sí, lo haremos, Ginny. Sal vendrá a recogernos dentro de unas horas. Necesito que subas y empaques lo indispensable en cajas. Yo me ocuparé de las pertenencias de Jules y de las mías.

Solté una risa seca y áspera. Me ardían los ojos y la visión se me nubló por unas lágrimas de frustración que me negaba a derramar.

—No, mamá. Lo prometiste. Dijiste que no nos mudaríamos a ese lugar a menos que tuvieras un anillo en el dedo. Todavía no están casados.

Mamá tomó la cuchara de Jules y comenzó a darle el cereal bocado a bocado, como si tuviera tres años y no fuera ya una niña grande.

Últimamente se comportaba así: nos asfixiaba y actuaba como si fuéramos unas niñas indefensas incapaces de sobrevivir a una caminata hasta el buzón.

—Los planes cambiaron —respondió con voz inexpresiva.

—¡Ese lugar es un zoológico, mamá! ¡Un zoológico lleno de hombres! —Me levanté y mi silla produjo un chirrido semejante a un grito contra las baldosas—. Hay seis hermanos y su padre. Siete hombres y solo dos mujeres en toda esa casa. ¿Acaso no los viste durante la cena? ¿Viste cómo nos miraban? No vieron invitadas, sino blancos. Odiaban que respiráramos su aire. Nos odian, mamá. ¡Son mafiosos!

Mamá levantó la mirada hacia mí con una expresión inquietantemente tranquila.

—Hemos vivido rodeadas de hombres como ellos toda la vida, Ginny. ¿Qué diferencia hay esta vez?

—¿La diferencia? —Parpadeé, atónita de que siquiera tuviera que preguntarlo—. La diferencia es que estoy cansada de vivir a la sombra de un hombre. Se acabó. No necesito a un hombre para sentirme segura. No necesito a un hombre para sentirme amada. No los necesito para nada. Los odio, mamá. A todos y cada uno de ellos. Nos utilizan hasta dejarnos vacías y luego nos desechan. Nosotras deberíamos hacerles lo mismo. Utilizarlos, desecharlos y no mirar atrás.

Golpeé la mesa con una mano y provoqué que la leche del tazón de Jules se agitara.

—¡No te entiendo! ¿Por qué sientes la necesidad de meterte en la cama con el maldito Don Salvatore Capone? ¿Por qué tenemos que convertirnos en su propiedad?

Mamá se limitó a limpiar una gota de leche de la barbilla de Jules.

—Baja la voz —pidió con suavidad—. Y no digas groserías delante de tu hermana.

La miré mientras un nudo frío y duro se formaba en mi pecho. Estaba eligiendo una jaula y nos arrastraba dentro con ella. Sin embargo, yo ya no era una niña y no permitiría que continuara creyendo que estábamos indefensas.

Me arrodillé frente a ella y le tomé las manos para obligarla a mirarme.

—Yo estoy cuidando de nosotras, mamá. Nos va bien —aseguré con desesperación en la voz—. Estoy estudiando una carrera. Conseguiré un buen trabajo, una profesión de verdad, y tendremos la vida resuelta. Cuidaré de ti y de Jules durante el resto de nuestras vidas. Te lo prometo.

Le apreté los dedos en un intento de transmitirle la fortaleza que tanto me esforzaba por construir. Continué:

—Te amo. Jules y tú son suficientes para mí, y yo soy suficiente para ambas. No necesitamos un salvador. No necesitamos la protección de un hombre ni su dinero manchado de sangre. Estaremos bien, mamá. Te juro que estaremos bien.

No pareció esperanzada ni orgullosa. En cambio, soltó una risa breve y vacía que sentí como una bofetada.

—¿Tú cuidarás de nosotras? —preguntó, mirándome por fin con una compasión que me revolvió el estómago—. ¿Y quién cuidará de ti, mm?

Apartó las manos para volver a tomar la caja de cereal, como si la conversación ya hubiera terminado. Permanecí arrodillada en el suelo, sintiendo el dolor que me provocaban sus dudas. Ella no lo entendía. Creía que la seguridad de una mujer solo dependía del hombre que tuviera enfrente. Pero yo sabía que no era así. Sabía que los hombres que te protegían solían ser aquellos de quienes más necesitabas protección.

—Lo entiendes todo mal, Ginny —dijo mamá mientras dejaba la cuchara y centraba toda su atención en mí—. No es tu deber cuidar de nosotras. Nunca debiste cargar con ese peso.

Extendió una mano y me acunó el rostro con una suavidad que no parecía pertenecer al mundo en el que vivíamos.

—Yo soy la madre. Te traje a ti y a Jules a este mundo, lo cual significa que ustedes son mi responsabilidad, no al revés. Hablas de trabajos y títulos como si tuvieras que ser el hombre de la casa, pero te digo que te detengas. Deja de actuar como si fueras la responsable de nuestra supervivencia. No es justo para ti.

Abrí la boca para discutir, pero su mirada se volvió severa de inmediato. Era la clase de expresión que solo utilizaba cuando no pensaba ceder.

—Necesitas ser una hija. Necesitas ser una estudiante. Necesitas limitarte a vivir. Tomo esta decisión para que no tengas que pasar cada segundo del día preocupándote por cómo pagaremos el próximo alquiler o por quién vigila la puerta durante la noche.

—Pero yo puedo hacerlo… —comencé con la voz quebrada.

—No —me interrumpió mientras me acariciaba la mejilla con el pulgar—. No deberías tener que hacerlo. Salvatore ofrece algo que no puedes comprar con un título, Gianna. Nos ofrece un apellido con el que nadie se atreve a meterse. Nos proporciona seguridad en todos los sentidos posibles.

Me aparté, aunque el calor de su mano permaneció sobre mi piel. Ella creía que me estaba dando libertad, pero yo solo veía los barrotes de la jaula en la que nos estaba encerrando.

Solté una risa cruel.

—¿Cómo puedes estar tan segura, mamá? En serio, analiza tu historial. No funcionó la primera vez ni mucho menos la segunda. ¿Qué te hace pensar que por fin has descubierto cómo hacerlo bien?

—Ginny, detente —pidió Jules con un hilito de voz mientras sus ojos se llenaban de lágrimas.

Me incliné sobre la mesa.

—¿Acaso escuchas las historias que cuenta la gente? Salvatore Capone tiene fama de haber matado a su primera esposa. La madre de esos seis monstruos a los que llama hijos está bajo tierra por su culpa. ¿Y quieres ser la siguiente? ¿Quieres mudarte a su habitación y esperar a que también se aburra de ti?

Mamá se limitó a mirarme con esos ojos dulces y húmedos que siempre conseguían hacerme sentir como si yo fuera la que se comportaba de manera irracional. Extendió una mano y sus dedos temblaron ligeramente cuando intentó tocarme el brazo.

—Gianna, por favor —susurró con una voz dulce y dolida al mismo tiempo—. No seas cruel solo para demostrar que tienes razón. Sé que tienes miedo, pero no necesitas decir cosas así. Seremos una familia.

—¿Una familia? —Escupí la palabra mientras contemplaba su rostro bondadoso y esperanzado.

Ella era demasiado dulce, estaba demasiado dispuesta a creer lo mejor de los peores hombres. Me daban ganas de gritar.

—Él es un depredador, mamá. Los Capone son depredadores y nosotras solo somos sus nuevas presas.

—Gianna, detente —susurró mamá con los ojos muy abiertos.

Comencé a caminar de un lado a otro por la cocina mientras las palabras salían de mi boca como veneno.

—No los necesitamos. No necesitamos a ninguno de ellos. Los hombres son un desperdicio de espacio, una carga que nos enseñan a soportar con tal de no estar solas. Preferiría estar sola para siempre antes que pasar una noche bajo el mismo techo que ese viejo asesino y su manada de perros rabiosos. Todos están podridos, desde el padre hasta…

Las palabras murieron en mi garganta. El rostro de mamá no solo palideció, sino que adquirió un tono grisáceo. Parecía estar a punto de desmayarse.

Sentí que una sombra se alzaba detrás de mí y bloqueaba el sol de la mañana. No necesitaba darme la vuelta para saber que el aire de la habitación había cambiado.

—¿Eso crees? —preguntó una voz grave y serena detrás de mí.

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