El volumen de su voz despertó algo profundo y oscuro en mi interior. La sala de conferencias comenzó a desdibujarse.
«¡Léelo, Gianna! ¡Léelo de una maldita vez!».
Su voz resonó en mi mente y se superpuso a la de Raphael. Casi podía sentir el escozor de la regla de madera suspendida sobre mis nudillos, esperando a que volviera a fracasar.
«¡Mira las letras! ¿Por qué eres tan holgazana? Limítate a leer, carajo. ¡No es tan difícil!».
—Yo… sabía la respuesta —susurré, pero ya no estaba en la ofi