—No voy a correr —replicó—. Voy a caminar. Por favor, muévete. ¿O estás a punto de pronunciar otro discurso sobre cómo también eres dueño de la acera?
Una lenta sonrisa burlona se extendió por mis labios.
—Vincenzo me pidió que recordara las reglas —dije—. Me recordó que ahora eres mi hermana. Fue muy claro respecto a los límites. Soy tu hermano.
Sus ojos verdes se oscurecieron.
Sí.
A ella tampoco le gustaba aquella palabra.
—¿Eso es lo que haces? —se burló—. ¿Preocuparte como un hermano?