—Chicas, por favor —se quejó mamá, aunque estaba sonriendo.
—¡Ella empezó! —exclamamos al mismo tiempo mientras nos señalábamos la una a la otra.
Blandí la almohada por encima del regazo de mamá y golpeé a Jules justo en el rostro con un suave sonido sordo. Ella jadeó como si yo acabara de cometer un terrible crimen contra la humanidad.
—¡Mamá! —chilló, sujetándose el rostro—. ¿Viste eso? ¡La gárgola me atacó!
—Ay, por favor —me burlé mientras ya buscaba otra almohada—. Si te hubiera atacado