La cama era enorme, pero las tres nos acurrucamos en el centro y formamos una pequeña isla de seguridad. Mi madre nos rodeó con los brazos y nos apretó contra ella. Nos abrazaba como si todavía fuéramos unas niñas pequeñas y no tuviéramos veintiún y diez años. Con una mano me acariciaba el cabello y desenredaba los nudos con delicadeza, mientras mantenía a Jules cerca con el otro brazo.
—Estoy aquí —susurró—. Estoy aquí para protegerlas a las dos. No les pasará nada. Me aseguraré de ello, aunqu