La pelea entre Ian y Jordan terminó abruptamente cuando Ciel, con un grito cargado de desesperación, liberó una ráfaga de energía plateada que los separó. Ambos quedaron jadeando, mirándola en silencio, como si el brillo de sus ojos los hubiese atravesado más que cualquier espada.
—¡Basta! —gritó ella, con lágrimas recorriendo sus mejillas—. ¡No soy un trofeo que puedan disputarse!
El eco de sus palabras se clavó en el aire como un juicio inquebrantable. Jordan, herido en el orgullo y en el alm