Jordan avanzó con paso firme, sus botas resonando contra las piedras antiguas, cada sonido cargado de una tensión insoportable. Sus ojos, normalmente serenos, estaban encendidos de un fuego oscuro, un fuego que no ocultaba: celos.
—¿Así que era esto? —repitió con ironía, sin apartar la mirada de Ian—. Mientras yo arriesgaba el pellejo para protegerte, tú disfrutabas de lo que no te pertenece.
Ciel abrió la boca, intentando explicarse, pero Ian dio un paso al frente, interponiéndose entre ella y