El fuego del Concilio ardía como un sol invertido, proyectando sombras que se movían como seres vivos alrededor de todos los presentes. El aire estaba tan denso que cada respiración se sentía como plomo.
Ciel, aún sostenida por Ian, miraba el portón abierto. Una mezcla de miedo y determinación se reflejaba en sus ojos. Sus labios temblaban, pero ninguna palabra salía.
Ian notó la tensión y apretó suavemente su mano.
—No tienes que enfrentarlo sola.
Jordan bufó, girando la cabeza hacia él.
—¿Y q